dimarts, 11 de gener de 2011

Hacia el desfiladero

En las últimas semanas están saliendo a la luz pública determinados asuntos que cuestionan la eficacia del modelo de partido político que impera en nuestro entorno. Uno de estos ejemplos es el caso de Antonio Asunción, antiguo ministro de Interior y veterano militante de los socialistas valencianos, que está siendo duramente criticado por el PSOE por “osar” tener criterio propio y distinto del aparato del partido. Antes lo fue Tomas Gómez, criticado por postularse frente a la candidata de Zapatero en Madrid, Trinidad Jiménez, para disputar a Esperanza Aguirre la comunidad de Madrid en mayo de este año. Otro caso parecido es el de Álvarez Cascos que también, enfrentándose a su partido, el PP, se presenta como candidato sin tener apoyo de la ejecutiva popular. Recordemos que entre los populares, la ausencia de democracia interna real –que no formal–, es una característica propia que los distingue por encima de la media. En Catalunya también nos encontramos con los casos de Joan Carretero, cuando dio el portazo a ERC, o de Pasqual Maragall con su salida del PSC. Y, recientemente, la desconfianza injustificada que genera entre el aparato de partido la candidatura de Montse Tura para la alcaldía de Barcelona.
Pero ¿qué está pasando con todo esto? Simple y llano, lo que pasa es un síntoma de lo anquilosado de nuestro sistema de partidos. Los partidos políticos que tenemos en Catalunya y en España son maquinarias que funcionan a través de una férrea disciplina jerárquica, de una obediencia ciega, del sometimiento a los dictados de la cúpula del aparato. Son estructuras militarizadas. Lo que decía Alfonso Guerra que “el que se mueva, no sale en la foto”, ilustra mejor que nada esta realidad.
Con el sistema de partidos que tenemos se ganan unas cosas y se pierden otras. Lo que se gana es mostrar una imagen de unidad y de planificación centralizada en estrategias políticas, supuestamente amplias, que van más allá de lo local. O lo que es lo mismo, los generales, desde sus despachos, saben mejor qué conviene a su ejercito, que no los capitanes o tenientes, cabos o soldados rasos a cientos de kilómetros de sus jefes. Pero, en cambio, se pierden otras cosas. La más importante es la selección natural de cualquier organización. Así, los que gobiernan no son, necesariamente, los más capacitados o expertos, ni los que llevan más años, sino, con mucha frecuencia, y más en unos partidos que en otros, los más obedientes y sumisos, aquellos que mejor interpretan las palabras de sus superiores, mejor saben hacer la pelota, o mejor se mueven en la corte palaciega.
Los partidos viven atrincherados en sí mismos, de espaldas a la sociedad, con una lógica interna que no estimula el debate, que no provoca la generación de nuevas ideas, el contacto con los ciudadanos. Hay determinados partidos políticos y estilos de gobernar que operan en un ambiente muy cargado, muy viciado, con neblina continua, con poco aire y poca luz, con pocas ventanas y pocas puertas.
Tenemos cargos electos que no rinden cuentas al electorado, que se esconden tras las siglas del partido y que sólo cada cuatro años, y de forma muy difusa, explican que han hecho o qué harán y no lo vuelven a hacer hasta pasado cuatro años más. Ello no quiere decir que no haya categoría política, intelectual o humana entre nuestros políticos, sino que aquel que la tiene, y depende jerárquicamente de capitanes o generales mediocres, se enfrenta a una doble dificultad. Por un lado, tolerar la mediocridad de sus superiores, intentándola corregir y reconducirla, para no quedar fagocitado por ella, y por otro, y simultáneamente, distanciarse de ellos, marcando perfil propio, sin herir sensibilidades, ni tensionar al propio partido. Adolfo Suárez fue un especialista en este tipo de equilibrios nada fáciles de mantener.
Aún así, con más frecuencia de la que parece, se capta a la mediocridad, y se promociona su ascenso. El resultado es que tenemos ejércitos que parece que van directos al barranco, dirigidos por generales que dirigen sin saber y soldados que obedecen ingenuamente esperando una victoria que no llegará. Los viejos y no tan viejos generales jubilados, bregados en cientos de batallas, asisten atónitos no sólo al olvido y al desprecio a que los han condenado la Junta de Jefes del Estado Mayor de su Partido, sino a lo suicida de una táctica que como ésta se dirige directamente al desfiladero.
La esperanza que tenemos es que los nuevos oficiales con mando en plaza sepan corregir a tiempo la dirección de una estrategia equivocada, sortear el barranco, encarar bien el puente y pasar victoriosos al otro lado de la cañada. Por suerte, la sociedad es soberana y tiene una madurez democrática mayor que la que muchos creen y acaba rechazando lo que no sirve, esté impuesto por quién esté y por muchos galones que tenga. La no concordancia entre esos intereses es la principal causa de la gran fractura entre la sociedad y sus políticos, porque la sociedad espera y exige de los partidos que la gobiernan, y de sus dirigentes, liderazgo y preparación, amplitud de miras y espíritu de servicio, no servilismo. Aquel que encarne esos valores pasará triunfante el puente, el que no, dirigirá sus ejércitos al barranco.