dimecres, 8 d’abril de 2009

Izquierda y religión, una difícil relación.


La izquierda siempre ha mantenido una difícil relación con la religión, sea cual sea. En este artículo intentaré desgranar porqué izquierda y religión casan mal, al menos por ahora.
Sabemos que los movimientos de izquierda se orientan en la justicia, la igualdad, el respecto y confianza en el ser humano. Hasta aquí religión y política, van, en general, juntas. Pero las disputas empiezan cuando debaten a quién obedecen y a quién rinden cuentas.
La izquierda, por decirlo de una forma muy resumida, rinde cuentas a su ideario político, que se adapta en forma y contenido, a las necesidades de cada momento, y obedece, primero, a sus militantes que son los que configuran el programa político, y después al pueblo, encarnado en el principio de soberanía popular y, más tarde, en el constitucionalismo. La religión, en cambio, rinde cuenta a unos principios milenarios, que se han mantenido incuestionados y constantes a lo largo de los siglos, obedece a una ley divina, orientada por un ser supremo e interpretada por una iglesia, que pretende expandirse a la comunidad de creyentes y no creyentes, al margen de debates democráticos. Y es aquí donde empiezan las dificultades de entendimiento entre una visión del mundo y otra.
Para la izquierda es impensable que una ley divina, al margen de cualquier control político o cuestionamiento mundano, oriente la acción de gobierno y pretenda imponerse al margen, o por encima de los debates políticos, de la constitución. Para la religión, en el fondo, es estéril el debate político, por muy democrático que este sea, si el resultado final genera miserias, muertes, guerras, millones de personas hambrientas, pobres, enfermas y dejadas a su suerte en un mundo donde el becerro de oro ilumina la codicia, y sacraliza el poder y el dinero. Donde todo, o casi todo, se puede comprar. Llegados a este punto, religión y política hablan lenguas diferentes.
La izquierda tiene en el siglo XXI el reto de incorporar la espiritualidad a su ideario. En este siglo las personas serán más espirituales que en siglo pasado. Requerirán creer en algo más que en su cuenta corriente o en su agenda de amigos o conocidos.
Por otro lado, a nadie se le escapa que las religiones necesitan adaptarse a los nuevos tiempos. Particularmente, de la Iglesia católica y del Papa de Roma, estamos asistiendo a una serie de manifestaciones desafortunadas, en el contexto, en la forma y en el fondo. Me explicaré. No puede ser que en una reciente visita a África, Ratzinger asociase el uso del preservativo con la propagación de la SIDA. No puede ser que, en España, se orqueste una campaña perfectamente diseñada por la derecha y con el Conferencia episcopal, contra la interrupción voluntaria del embarazo del gobierno Zapatarero, y no dijese nada contra esa misma ley cuando gobernaba José Maria Aznar. No puede ser, que haya una negativa absoluta del Vaticano a la investigación de células madre, en la lucha contra determinadas enfermedades y avances científicos. No puede ser que el único tipo de familia que aceptan las iglesias, no sólo la católica, sino también la confesión musulmana y otras, sea la llamada familia tradicional, marginando nuevos modelos de familias alternativas, como son las del mismo género. En el caso del Islam nos encontramos con otros despropósitos difíciles de entender en el siglo XXI. No puede ser que el Islam condene a la mujer a un plano de inferioridad, ni que los derechos del hombre estén supeditados a lo que dice el Corán, ni que se cuestione la democracia representativa o el estado de derecho. No quiero alargarme, pero, claramente, las iglesias han de adaptarse a los nuevos tiempos. La religión precisa revisar las respuestas a los nuevos retos del milenio. Seguramente, por poner un caso cercano, la brújula del catolicismo no dejará de orientar el norte que persigue, pero el Vaticano, o las Conferencias episcopales deberán orientarse mejor para llegar a él. Y seguramente no será en línea recta. La política de izquierdas también deberá negociar y debatir con las iglesias los puntos en común y los caminos a compartir.
En este siglo, con los grandes retos que tenemos delante, nadie puede vivir de espaldas al otro. Si es necesario el diálogo interreligioso entre las grandes religiones monoteístas, también es necesario el diálogo político entre izquierda e iglesia. Nadie puede dudarlo. Es obligado y necesario.