dissabte, 18 de setembre del 2010

El pedestal no forma parte de la estatura

Estoy releyendo un libro que recomiendo sinceramente: Los ensayos, de Michael de Montaigne. Escrito hace más de cuatrocientos años, analiza de forma minuciosa la condición humana y el comportamiento social. En un breve apartado titulado La desigualdad que hay entre nosotros, nos recomienda no juzgar a las personas por sus adornos, por su maquillaje, por su sexo, por su belleza, o por el lenguaje que utiliza. Nos alerta de no dejarnos deslumbrar por la pompa, por el brillo, por la locuacidad o por la estética del orador. Estas reflexiones me vienen a la cabeza al observar cómo la condición humana persigue persuadir con aditamentos de todo tipo, con el objetivo de hacerse ver, llamar la atención y generar confianza, a través de ir bien vestido, bien maquillado, con un corte de peluquería, o por exhibir una sugestiva sonrisa. La política no se escapa de ello, y muchos políticos, en mayor o menor grado, tampoco.
No hay duda que este tipo de enmascaramiento al que hace referencia de Montaigne altera nuestro juicio. El resultado en que, en un afán de reputación y de gloria, la esencia política queda marginada en un rincón, aislada por la estética política que le da la espalda en el ágora pública.
En palabras del ensayista francés, nos recomienda que es preciso juzgar por sí mismo, no por los adornos y preguntarnos por qué consideramos grande a quien nos lo parece. Y quizá respondamos por que no tenemos en cuenta la altura de las suelas.
El pedestal no forma parte de la estatura. Hay que medir sin los zancos, sin honores, sin maquillaje. Hay que ir con los ojos muy abiertos para saber en quien depositamos nuestra confianza política, en quien no y las razones por lo que lo hacemos.

dimecres, 8 de setembre del 2010

28-N y 68-E

Hace escasos días Laia Bonet, secretaria de presidencia de la Generalitat, y previsible número dos de las listas del PSC al Parlament de Catalunya, decía que las próximas elecciones son una encrucijada entre Estatut o la vía muerta de Mas, entre senyera o estelada, federalismo o independencia, unidad o división; entre rigor o frivolidad. Entre Montilla y Mas. Subscribo totalmente estas palabras. No hay duda de que las próximas elecciones son trascendentales. A los socialistas nos ha tocado gobernar un contexto de profunda crisis, con un aumento insostenible del paro –la gente parada sufre y cuando son muchos, y la expectativas de encontrar escasas, todo se resiente–, hemos tenido que gestionar grandes cambios sociales, y todo ello en un marco de descrédito de la política. Además, el PP, desde el primer momento, ha venido laminado principios de convivencia básica y CiU no pareció aceptar sus dos derrotas y la legitimidad de un gobierno a tres. Hemos gobernando a contracorriente y, en muchos aspectos, a pesar de todo, hemos hecho tanto o más en 7 años de gobierno que en 23 años de CiU. Y no lo digo yo, sino los datos y las cifras.
Todo esto hay que explicarlo, y explicarlo bien. Cada uno de nosotros, y todos los que se consideran progresistas y socialdemócratas, debemos trasmitir esto a los círculos cercarnos y menos cercanos, a la gente de la calle, en las redes y foros sociales, en definitiva, hacerlo público, con activismo crítico y creativo, libre y abierto, que combata las mentiras de la derecha. Son las elecciones más trascendentales y políticas de las últimas décadas. Hay que activar y animar a que todo el mundo se active en una predisposición positiva al voto –sea cual sea–, que manifieste sus preferencias en las urnas, que nadie se quede en casa. Lo que hay en juego es mucho.
Mas se juega las elecciones a una sola carta, hará todo lo que esté en sus manos y recurrirá a todo tipo de armas. Sabe que o, es el próximo presidente de la Generalitat, o se retira de la política. Se juega mucho después de dos derrotas consecutivas.
CiU ha aprendido una cosa muy importante en estos últimos años, y que los socialistas debemos retener, y es no fiarse de las encuestas. Y sino miren las hemerotecas en las elecciones de 2003 y en las de 2006. Les daban como ganadores y de nada le sirvieron esas predicciones. El PSC deba aprender a fiarse sólo de nuestras posibilidades. El 28-N determinará quien tendrá los 68-E, sesenta y ocho escaños necesarios para elegir president.
La carga simbólica del encuentro Barça-Madrid, que se jugará el mismo fin de semana de las elecciones, algunos dicen que puede ayudar indirectamente a la movilización del electorado y combatir el absentismo del desencanto político. No lo tengo tan claro. Movilizar el electorado pasa por activar el propio partido, las agrupaciones locales, militantes y simpatizantes. Pasa por barrer calles, plazas y avenidas, en un puerta a puerta, presentando nuestra acción de gobierno y pidiendo el voto con ilusión, humildad y convencimiento, con la cara bien alta.
Hace muy poco un amigo mío me confesó una cosa muy curiosa. Me decía que, salvado las distancias, había encontrado una cierta similitud entre Iniesta, el jugador del Barça, y Montilla, el president de la Generalitat. Yo sorprendido por esta comparación le pregunté qué le hacia pensar eso y me dijo que la parecía que tanto Montilla como Iniesta eran personas reservadas y tímidas, pero daban mucho juego y construían equipo con personas de procedencia distinta. Además de que eran poco locuaces, hablaban un catalán limitado, y que le parecía que les gustaba poco las cámaras, quizá por el origen humilde y lejano de su procedencia. Pero lo que más me sorprendió fue cuando me dijo: sino fíjate cómo juega uno y otro, en muy poco espacio y rodeados de adversarios que le acosan por la derecha y por la izquierda por arriba y por abajo, y siempre encuentran una brecha donde abrir juego, y los dos son bajitos y, por encima de todo, buenas personas. La comparación quizá sea un poco atípica, pero me pareció simpática y así he querido reflejarlo.
Sea como sea, y al margen de esta anécdota, estas son las elecciones más decisivas de los últimos treinta años y todo el mundo tiene el derecho de saberlo y de poder participar activamente. Hay que procurar un rearme en las propias filas, llamar a rebato con ánimo constructivo, explicar la obra de gobierno y nuestro proyecto de futuro, y a ello debe contribuir todo el equipo, de todas las secciones, de todo el territorio. Como dice el dicho popular, entre bueyes no hay cornadas, y si las hay es que no son bueyes. La historia no está escrita. Nada es fácil, nada imposible.

dimarts, 31 d’agost del 2010

Por un nuevo ciclo progresista

En los próximos diez meses se configurará el escenario político de los próximos diez años. Elecciones al Parlament de Catalunya, más las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2011 sentarán los pilares políticos de la próxima década. Más allá de los resultados electorales, lo que hay en juego es el reencuentro o el desencuentro definitivo –que auguran los más agoreros– entre política y sociedad. Para evitar ese distanciamiento entre unos y otros es preciso moralizar la política, y no porque sea inmoral, sino porque es vital reforzar el compromiso de servicio público que la caracteriza. Si no lo hacemos nos dirigimos hacia el modelo italiano, suficientemente desprestigiado. Soy de los que opinan que en la vida de las personas, de las familias y, en este caso concreto, de un país, hay momentos históricos donde se diseña y construye el futuro. Hay políticos perspicaces que ven esa oportunidad y se preparan para liderarlo y compartirlo. Y otros que ni lo ven, ni se preparan, ni comparten. Los primeros tienen más posibilidades de liderar o influir en el devenir de las cosas, los segundos no.
Creo que el momento presente es uno de esos momentos históricos. Es crucial, y lo que hay en juego es mucho más que los escaños de unos y otros. La derecha nacionalista, en sus distintos grados, lo ve claro, la izquierda duda.
El momento presente es decisivo y el liderazgo socialdemócrata indispensable para renovar y vigorizar la izquierda. El PSC debe dirigir un nuevo ciclo progresista y alejarse de los vaticinios de los sondeos, o de la compasión de unos y otros. El socialismo debe reinventarse y renovarse, reforzar su posición ideológica e identitaria con un discurso con perfil propio, aglutinador y de proximidad a la gente del país.
A lo largo de mi trayectoria política he sido entrevistado infinidad de veces. Las entrevistas más agradables eran las que me hacían los estudiantes de secundaria. Recuerdo una reciente donde el estudiante me preguntó algo así cómo cuales deberían ser las principales virtudes de un político, y vine a decirle que un profundo convencimiento de las propias creencias, más la capacidad de anticiparse a los escenarios de futuro y una visión panorámica y periférica del espacio y tiempo, resultaba una excelente combinación de virtudes, sin olvidar la energía. Me ha venido a la cabeza porque cuando ojeamos la biografía de los grandes políticos de la historia, a menudo, destacan por niveles extraordinarios de energía, una gran fortaleza mental, e inmunes al desánimo y al abatimiento. Factores que considero mucho más decisivos para el éxito que cualquier otra virtud o actitud personal. Digo esto porque es preciso moralizar la política, en su afán de servicio público, energizándola con líderes que integren, no que separen, que sirvan, no que obedezcan, que conquisten y amplíen, no que defiendan.
Los ciudadanos debemos reclamar a la clase política mayores esfuerzos de creatividad e imaginación política, que es lo que nos reclama el presente y, más aún, el futuro.
Avanzar en la extensión de los derechos, integrar la diferencia, no neutralizarla, y reforzar el vínculo y el contacto entre política y sociedad siempre ha sido una característica propia del progresismo, de la izquierda, de la socialdemocracia. El PSC debe contribuir a energizar y revitalizar el nuevo ciclo progresista que se configurará en los próximos años. Porque, como está sucediendo en otros lugares, las opciones políticas, en esencia, se reducen a dos grandes opciones: izquierda o derecha, no hay otra alternativa. Los electores lo saben y el populismo político también, aunque intente confundir al electorado con cantos de sirena, con trucos de magia o con ofertas imposibles. La socialdemocracia, con líderes vigorosos, serios y contrastados, y con esfuerzo y energías renovadas debe liderar con orgullo, con valentía, seriedad y convencimiento el nuevo ciclo político de los próximos años. Este es el verdadero reto que tenemos delante.

dijous, 19 d’agost del 2010

¿Lealtad u obediencia?

Hay un gran debate en la Comunidad de Madrid sobre quién será el candidato del PSOE para las próximas elecciones de mayo de 2011. En liza están Tomás Gómez y Trinidad Jiménez. Rodríguez Zapatero, secretario general del PSOE, lo ha zanjado con claridad meridiana: ante la duda, democracia. Esa afirmación anuncia que se celebrarán elecciones primarias en el PSM para elegir candidato. El que tenga más apoyo entre los militantes y las agrupaciones socialistas de la comunidad de Madrid deberá medirse con Aguirre el próximo año.
A partir de aquí el tema da pie a diversas reflexiones. Algunos consideran que las primarias minan la credibilidad de unos y otros, desgasta al partido y erosiona la cohesión interna, además de dar munición a la oposición. Los que dicen esto es como si dijesen que la democracia es cara o que enfrenta a candidatos y partidos en una espiral de conflicto político perpetuo. La democracia y la participación ciudadana es el mejor sistema para decidir infinidad de cosas y el modelo más óptimo para la gestión de los intereses comunes. Que nadie lo olvide. No hay alternativa posible a esto.
Vaya por delante que defiendo las primarias cuando diferentes líderes, con apoyos muy parejos, pretenden liderar el partido o una candidatura política. El recurso a las primarias es la consecuencia (y la última solución) de que algo falla en las maquinarias de los partidos, no la causa de la falta de democracia. A nadie se le escapa que la distancia entre la militancia de base con la dirección de los partidos es mucha, llegando a bunquerizarse ésta última, diseñando candidatos y estrategias a espaldas de procesos de mayor calado democrático.
Una forma de probar hasta qué punto un candidato (ya sea Tomás Gómez, Trinidad Jiménez o cualquier otro u otra) lo es de todo el partido, o de la dirección del mismo, es preguntarle, no sólo como ha llegado a dónde ha llegado, si no si es leal al ideario democrático del partido y a los valores que lo encarnan, u obediente a los que le han catapultado al lugar que ocupan. Esta simple prueba nos descubre quién es quién.
Ya no valen las imposiciones de las cúpulas de los partidos, hacer un traje a medida a ése o aquel porque es amigo de uno u otro, al margen y a espaldas de lo que dice la militancia, para llegar a cargos de responsabilidad que no se han ganado o para los que no están preparados. Ejemplos hay en todos lados y muy cerca de nosotros. Hay que reactivar y reforzar los cauces de participación interna de los partidos. Los militantes no pueden ni deben estar al margen de decisiones importantes que afectan a proyectos políticos, y los candidatos deben rendir cuentas de lealtad a los valores que inspiran esos proyectos.
Los índices de popularidad valen y no valen. Valen porque indican hasta qué punto alguien es conocido, pero dejan de valer porque acaba abriendo la puerta para que el populismo se apodere de la política. Actores, presentadores de televisión o deportistas acaban siendo más conocidos que los políticos y no por ello son mejores (ni peores) para gestionar los intereses públicos. Tampoco puede gobernarse o proponer y quitar candidatos a base de lo que dicen las encuestas, muchas veces utilizadas de forma interesada, o de lo que tenemos más a mano. Como tampoco se puede navegar cambiando de rumbo cuando lo hace el viento. Hacerlo así es un viaje a ninguna parte.
No puede haber miedo a la democracia. Las primarias son un buen instrumento para que, cuando hay más de un candidato, sean las bases las que decidan quién es mejor para encabezar la lista.
La teoría moderna de la democracia se fundamenta en el modelo del contrato social, pero cada vez más las cúpulas de los partidos fundamentan sus decisiones en tácticas políticas de corta mirada. Promocionan a uno u a otro, quintan a uno o marginan a otro, muchas veces por cosas que nada tienen que ver con la política, por rencillas internas, por ambiciones desmesuradas o por envidias insidiosas. Un modelo así es una subcontrata. En el fondo un engaño a la ciudadanía y a la militancia.
La democracia deliberativa o reflexiva debe dirigirse a que las propias bases determinen, sea en Madrid o donde sea, qué candidato es el mejor para asegurar los mejores resultados electorales. Lo contrario ni es democracia, ni es socialismo, ni es participación ni es nada. Las primarias son un excelente instrumento para determinar quién es o será el candidato más idóneo para liderar un proyecto político. Y aquí los militantes tienen (tenemos) mucho que decir. A la vuelta de vacaciones todos debemos hacer balance. Yo para mi partido, prefiero gente leal que no obediente.

dilluns, 2 d’agost del 2010

Reforzar la responsabilidad comunitaria

Apreciados internautas, amigos y amigas,
Después de un periodo prudencial de inactividad blogista, creo que ha llegado el momento de volver a activar este fantástico instrumento de comunicación pública con todos y todas vosotras. Como sabéis, después de 11 años como alcalde de mi ciudad, el pasado mes de junio cedí el paso en la alcaldía, para pasar a otro plano de actividad política y dedicar más tiempo a mi familia. Es decir, ya no soy alcalde, pero no por ello no deja de interesarme lo que sucede a mi alrededor. Me sigue interesando la política, y más que nunca la de mi ciudad: Montcada i Reixac.
Como decía Aristóteles con su idea de zoom politikon, el hombre es político por naturaleza, por definición, se dedique o no a la política, opine o no de ella, o sea cual sea sus opiniones o preferencias sobre la misma. Por el simple y básico hecho de ser personas sociales, somos (queramos o no) personas políticas. Estamos inmersos en decisiones políticas que nos afectan, nos impactan.
Hace muy poco, ojeando el libro sobre el 75 aniversario del PSC a Montcada i Reixac, releí diversas reflexiones que me volvieron a llamar la atención. Una de ella de Felipe González. Nos alertaba que no debemos olvidar todos los socialistas y las socialistas que nos han precedido y que tanto han hecho por nuestras ciudades, pueblos y vilas. En esos momentos me vino a la cabeza la figura de Ignacio Góngora, nuestro presidente local del PSC. Una persona entrañable, íntegra, que ha participado directamente en nuestra historia reciente. Ignacio ha sido, y es, un referente para todos nosotros. Los logros conseguidos, la memoria histórica reciente no es un pasado polvoriento que se desvanece y olvida, son los cimientos del presente y la proyección del futuro.
En el mismo libro que citaba más arriba, Josep Borell consideraba que ser socialista, traspasando el umbral de este milenio, no puede ni debe edificarse desde la desmemoria, sino desde el reconocimiento y la contribución de todos y todas por nuestra sociedad. Palabras dignas de elogio en uno y otro caso.
Yo, como sabéis muchos de los que me conocéis, nunca he sido un teórico, ni un ideólogo o un intelectual, he sido (o pretendido ser) un hombre comprometido y dirigido a la acción, preocupado por mi ciudad, y porque ésta se fundamente en la integración, en valores compartidos, y donde todo el mundo llegue a tener cabida dentro de una sociedad que aspira a mayores cotas de bienestar e integración.
Los socialistas y las socialistas sabemos que todo esto se consigue con trabajo, generosidad y visión, marginando el rencor y la revancha e integrando a todos y todas en un proyecto compartido. No debemos convertir nuestro entorno en una sociedad de consumidores, donde usamos y tiramos a nuestro antojo lo que ya no nos sirve para nuestros fines, menospreciando e insensibles al impacto de las acciones. Nuestra sociedad la componen hombres y mujeres con identidad y dignidad que con su esfuerzo contribuyen a mejorar el presente y el futuro. No hay duda que hay que reforzar la responsabilidad comunitaria, unir fuerzas y subordinar las acciones individuales a la causa común. Nuestra identidad (ya sea como socialista o liberal, de género o cultural) no debe nutrirse del rechazo a los otros. Un proceso de pertenencia basado en el rechazo a los otros, cultiva, y desemboca, en el resentimiento, en antagonismo y en un conflicto abierto entre grupos. En definitiva, en la inseguridad y sensación de amenaza constante.
Las lecciones que nos han transmitidos los grandes políticos de la historia giran alrededor de la integración como idea base. Integrar a los diferentes en un proyecto común nos hace más fuertes a todos y refuerza mejor nuestras sociedades. La Unión Europea es el mejor ejemplo.